El Nudo Gordiano de la paz
TOMÁS FERNÁNDEZ AÚZ.
El Mundo. 15/06/2007
Ahora que Zapatero reconoce su error por vía de facto, no estará de más preguntarnos qué ha podido servir de cimiento a su ambición. ¿Cómo logra instalarse una atmósfera política en la que no sólo una parte de la ciudadanía llega a considerar válida la solución de la «doble mesa» propuesta por una banda terrorista, sino que la propia elite política, con el presidente del gobierno a la cabeza, contempla la creación de instrumentos para la superación del conflicto? Ayer mismo, Zapatero reiteraba el mantra del final negociado.
¿A qué se debe que aún hoy, después del retorno de ETA a las andadas, un 68% de los ciudadanos vascos crean que el diálogo sigue siendo necesario? Mientras la sociedad civil no resuelva estas incongruencias, nacidas de la ignorancia, el miedo, el oportunismo político y la pereza intelectual, seguiremos expuestos a nuevas atmósferas de resolución visionaria que nos abocarán a una repetición ad infinitum del último fiasco.
Todo sucede como si la sociedad, y lo que es peor una parte de su cúpula dirigente, no confiara en el carácter plenamente democrático de sus instituciones, como si una incomprensible mala conciencia hubiera venido a dar de algún modo en la ridícula, por no decir sarcástica, aceptación del «déficit democrático» que agita la propaganda radical. Y dado que es muy probable que una de las causas de esa mala conciencia estribe en el constante lavado de cerebro abertzale, contra el que no se actúa -aún siguen ahí, por ejemplo, las mentirosas pancartas que acusan a todos los partidos democráticos de decir «No al proceso de paz»-, conviene desmenuzar el que es su principal efecto.
Por ese mismo lavado de cerebro se convencieron algunos de que había que crear una mesa política en la que, partiendo del reconocimiento de la existencia de Euskal Herria y de un conflicto derivado de una opresión, los partidos se comprometieran a introducir en la Constitución los cambios precisos para proporcionar amparo jurídico a esa realidad asumida por las buenas.
De ese absurdo por el que se regala al nacionalismo radical la primera de sus premisas, la única necesaria y suficiente, pues de ella derivan todas las demás, brota el combustible que mantiene aún en marcha la desvencijada maquinaria del chantaje violento.Lo que la democracia exige es justamente lo contrario: demuestre el nacionalista radical esa existencia manifiesta que tan obvia le parece (y consígala por medios democráticos). Surgirá así a la luz toda la dificultad de probar una falacia.
Un 11% de votos -atentados y emigración incluidos- no revela precisamente que exista esa nación llamada Euskal Herria de tan intensas ansias de concreción. El hecho de que tres provincias francesas no quieran saber nada de una eventual secesión de Francia y su posterior integración en un Estado vasco indica más de lo mismo. Que una autonomía española -Navarra- tampoco se reconozca en esa quimera, y que una provincia vasca -Álava- sea tradicionalmente refractaria al nacionalismo, incluso al moderado, son datos intraducibles al idioma primordial de la Euskadi sojuzgada.
Todas las manifestaciones contra ETA, clamorosas y abrumadoramente mayoritarias, son palmarias negaciones populares de la criminal defensa etarra de la nación humillada. La misma posesión de una lengua común, diferenciada, en la que una mayoría de nacionalistas, radicales o no, cifra la prueba del nueve de su realidad nacional, resulta cuanto menos titubeante, habida cuenta de que treinta años de gobiernos nacionalistas volcados en la promoción obsesiva y discriminatoria del euskara apenas arrojan un saldo de utilización superior al 20%...
La democracia es justamente la mejor opción de los nacionalistas: sólo ella permite verificar sin riesgo la exactitud de sus dogmas, una precisión nada superflua, pues todos sabemos, los nacionalistas los primeros, adónde conduciría la pirueta si resultara que las alegaciones, carentes de trasfondo real, no fueran sino un modo de ejercer una permanente presión ventajista sobre el Gobierno central.Demuestren pues los nacionalistas su verdad, renuncien los armados a las armas, dénse tiempo para recuperar lo que, según ustedes, se ha perdido por causa de la opresión misma, ganen credibilidad para sus propios supuestos, convenzan a los indecisos, seduzcan a los escépticos, aumenten su masa social, aquí y en todos los territorios que reivindican, obtengan resultados electorales claros, sostenidos y meridianamente orientados a esa soberanía total que dicen perseguir, y entonces el sistema activará los mecanismos con que ya cuenta para la materialización por medios jurídicos, legales y democráticos de lo que su particular banda de fanáticos trata de imponer mendaz y despiadadamente a base de bombas y tiros en la nuca.